[CPProt.net] Italy-Getty: Prácticas dolosas, usos fraudulentos
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Sun Nov 27 07:51:35 CET 2005
domingo 27 de noviembre de 2005
EDICIÓN IMPRESA - Patrimonio
Prácticas dolosas, usos fraudulentos
Italia ha abierto la caja de los truenos, reclamando judicialmente a los
todopoderosos museos norteamericanos Metropolitan y Getty algunos de sus
tesoros expoliados. España ha padecido a lo largo de la historia un
implacable saqueo de su Patrimonio
Sometido el Patrimonio histórico-artístico y bibliográfico de Castilla y
León a seculares expolios durante la Dictadura del general Primo de Rivera,
las pinturas murales de la ermita de San Baudelio de Berlanga (Soria) fueron
arrancadas y sacadas de España merced a una sentencia inaudita del Tribunal
Supremo, dictada el día 12 de febrero de 1925, y en el año 1956 la dictadura
franquista aprobó en Consejo de Ministros la permuta de algunas de aquellas
escenas por el ábside de la ermita románica de Fuentidueña (en la provincia
de Segovia), máximos exponentes ambos casos de una sucesión de atropellos en
la que también participaron caracterizados coleccionistas y museos. He aquí
algunos ejemplos de las abusivas prácticas empleadas:
Las tablas de Mahamud y las pinturas de Arlanza
En la iglesia parroquial de Mahamud de Esgueva, al suroeste de Burgos, entre
el río Arlanza y el riachuelo del Arlanzón, partido judicial de Lerma, fue
enterrado el caballero don Sancho Saiz del Carrillo, iluminada su sepultura
por unas tablas, fechadas cerca del 1300, que en la unánime consideración de
los especialistas constituyen el mejor exponente del primer gótico lineal.
Hoy se exhiben en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). ¿Cómo
llegaron allí?
Se sabe poco, aunque la historia, en sus brumas, guarda demasiadas
similitudes con tantísimas otras nítidamente documentadas. El templo padeció
diversas operaciones de asalto, a pesar de lo cual sigue atesorando un
auténtico museo, y en particular la tumba de Sáiz Carrillo resultó expoliada
hacia 1915, año en que se localizan sus fabulosas pinturas en posesión de un
coleccionista privado de Nueva York, siendo adquiridas a comienzos de los
años treinta por el Museo de Arte de Cataluña, mientras las estatuas
yacentes pasaban al Museo de Arte de Cincinnati y con algún que otro resto
todavía coleando por las subastas, operación por lo menos discutible, porque
partía de un robo y, por lo tanto, quienes vendían enajenaban lo que no era
suyo. Por esas mismas fechas, según Ferrer Vidal («Viaje por la frontera del
Duero»), unos merchantes catalanes compraron «por veinte mil pesetas los
frescos de San Pedro de Arlanza», haciendo de inmediato el negocio del
siglo, pues «se embolsaron sesenta millones al revender la mercancía al
Museo de Arte Medieval de Nueva York» y al referido Museo de Arte de
Cataluña, entonces abastecido por individuos muy dados a recorrer Castilla y
León en algara. Aunque la palma en esa materia corresponde, sin duda, al
Museo Marés.
La décima provincia de Castilla y León
Completa muestra de Castilla y León la del Museo Marés: con Palencia y
Burgos a la cabeza de los despojos (alrededor de treinta piezas capturadas
en cada una de ellas) mientras Ávila y Soria ocupan el extremo contrario
(relieve de la Virgen de la Misericordia de Madrigal de las Altas Torres,
Virgen con el Niño de la derruida iglesia templaria de San Pedro Manrique),
entre medias se distribuyen, cuantitativamente por este orden, Valladolid
(destacan unas columnas con los escudos del cardenal Mendoza de las claras
de Tordehumos), Zamora (sobresale el San Cristóbal de Entreviñas, atípica
imagen de San Cristóbal con el Niño, en una mano el bastón y media rueda de
molino en la otra), León (excepcional Crucifijo del XII de la iglesia
astorgana de San Bartolomé), Segovia (la mejor captura, máximo exponente de
un amplio muestrario, fue la monumental talla de la Virgen, atribuida a Gil
de Siloe, de San Francisco de Cuéllar) y Salamanca (presidido este apartado
por el sepulcro de Juan de Vargas, de Alba de Tormes).
Ahora mal, representadas en el Marés todas y cada una de las provincias de
Castilla y León, a la hora del balance no salen nueve, como la realidad
dicta, sino diez ¿Y esto? La décima podría llamarse la provincia del
misterio, territorio de copiosa cosecha: más de medio centenar de obras,
contando a la baja, figuran adscritas a los sinónimos voluntarios de una
vaguedad inquietante, siendo los más frecuentes meramente para salir del
paso («Procede de Castilla», «Origen castellano»), aunque también figuran
aclaraciones de mayor ingenio («Procede de la zona palentino-vallisoletana»)
y ni siquiera escasean circunloquios francamente despampanantes («Labor
leonesa con reflejos de arte francés»). Años cincuenta, sesenta y setenta,
pero no antes de Cristo; años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX.
¿Qué esconden tan infumables imprecisiones? Conjuntos de varias imágenes,
considerable tamaño y mucho peso sacados en época tan reciente, con grúas y
camiones, ¿y no se sabe de dónde? Qué cosas.
La gloria de Don Enrique
Como muestra de los desmanes privados, sirva el caso de Enrique Larreta (no
quiero referirme, al menos por el momento, a los estragos causados por
cierta señora, esposa de uno de nuestros más grandes poetas), diplomático y
escritor argentino (Buenos Aires, 1873-1961), amigo de pintores como Ignacio
Zuloaga y apasionado de España, autor de «La Gloria de don» y de «Las dos
fundaciones de Buenos Aires», presa de cuyo amor fue el retablo de Santa
Ana, fechado hacia 1503, de la iglesia de San Nicolás de Bari, en Sinovas,
barrio o arrabal de Aranda de Duero.
San Nicolás de Bari bien merece una visita. Románica la portada, defensiva
la torre, del XV la nave, del XVI el ábside, clasicista el porche y de
subida belleza la escalera que da acceso al coro, de técnica mudéjar y
motivos góticos, la maravilla descansa en lo alto: en el artesonado,
únicamente conservado en su tercera parte, cumplida exhibición de tipos y
trajes de la época, pinturas relacionadas, a juicio de Juan Gabriel Abad
Zapatero y José Arranz Arranz (1989), con la decoración de varios códices de
la catedral de El Burgo de Osma. Artesonado, ciertamente, de fábula.
Lo mejor descansa en lo alto, decía, en lo alto y en Buenos Aires, la ciudad
de Larreta, en la que fue su mansión, una quinta de Belgrano, obra de uno de
los mejores representantes de la arquitectura academicista argentina
(Ernesto Bunge), paraíso al que se acogió a partir de 1916, convertida en
Museo de Arte Español un año después de su muerte (6 de julio de 1961). La
quinta de Belgrano, austera por el exterior, esconde una escalinata
plateresca en el vestíbulo, ornamentación de rejas y plantas al estilo
andaluz, estancias renacentistas, mobiliario barroco, un oratorio con la
impronta de los Siglos de Oro, artesonados de antología, una desigual
colección de obras de arte, quizás la mejor biblioteca de un escritor
modernista y la colección de trajes regionales, cincuenta trajes, cincuenta,
que Franco regaló a Eva Duarte de Perón con motivo de su viaje de 1947.
Centro de todo aquello es el retablo de Sinovas. En la versión oficial,
Larreta lo habría adquirido en París y 1912, a precio considerable, al
anticuario Demotte, que sería el villano de la película; sin embargo, al
maleado discurrir de la tradición oral, Demotte fue, sencillamente, una
pantalla, porque la compra, con omisión de los permisos preceptivos, fraguó
de tejas abajo en las esquinas del disimulo -ora por mor del alcalde, ora
con la complicidad del sacristán, ora con el consentimiento del párroco- y
gracias al descontrol de la valija diplomática, puente de oro para sortear
el escollo de las aduanas. En definitiva, el retablo de Santa Ana ingresó en
Argentina de la mano de Larreta en 1916, acomodado en el oratorio de la
referida quinta, donde en la actualidad permanece, restaurado en 1998. Los
testigos cuentan que Larreta se transportaba a la gloria de don Ramiro
cuando lo contemplaba.
POR GONZALO SANTONJA
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